La tiranía del lector

Cuando era una niña no me gustaba comer casi nada. No soportaba el pescado, no me gustaba la verdura y nunca probaba mis tartas de cumpleaños. Un día fui a pasar una semana de vacaciones a la casa de una amiga. Su familia vivía del campo, concretamente de vender pimientos de Padrón (siento el spoiler, pero nunca son de Padrón). Así que solo podíamos pasar las tardes haciendo lo que nos diera la gana, porque por la mañana todos en esa casa tenían que ir al invernadero a recolectar. Esto me hizo pensar en la tiranía del lector, por algo que me pasó cuando una semana que estuve de vacaciones en esa casa.

A mí me educaron en el trabajo, la ayuda al prójimo y en ese horrible sentimiento de culpabilidad si no compartes el peso de la vida con los demás. Así que decidí levantarme yo también a las siete de la mañana para ayudar, una manera de agradecer esas mini vacaciones en horario de tarde. Puede que no tuviera mucha idea de cómo se hacía aquello, pero decidí que diez pimientos en la cesta eran mejor que nada. Y se produjo en mí un cambio con el que no contaba.

Después de tres días oliendo pimiento fresco se me dio por probarlos de nuevo, a pesar de que hacía años había decidido que no me gustaban. Y desde ese momento los como con gusto.

Es extendida la creencia de que la gente nunca cambia. Puede que esté de acuerdo, al menos en parte. Pero a mí me gusta decir que la gente, dentro de cómo es, sí evoluciona con el paso del tiempo, la vida y las personas.

Yo quise probar los pimientos de nuevo, y a nadie se le ocurrió decirme que no podía hacerlo porque nunca me habían gustado. Quise comer un pimiento y lo comí, así de sencilla es la vida cuando no nos ponemos barreras.

Recordando esto me pregunto por qué nadie deja probar pimientos a un escritor. Yo conozco a uno que escribe un mismo género desde hace años, lo hace muy bien, publica con editorial y mucha gente lo lee. Pero hace poco decidió que también quería escribir otro tipo de historias. Me llamó la atención que en sus redes sociales empezase a hablar de un libro que no tenía nada que ver con las lecturas que compartía habitualmente. Y gracias a la confianza que me tiene acabó confesándome que ese libro lo había escrito él.

La aceptación del libro fue muy buena porque ese escritor es un gran escritor, así que al final acabó confesando que el libro era suyo. Y a mí me entró tremenda pena pensar en lo que había hecho, y no porque hubiese actuado mal, si no por las razones que tuvo para proceder de aquella manera. Porque soy consciente de que si hubiera publicado aquella historia con su nombre desde un principio probablemente no habría llegado a tanta gente como lo hizo.

Cuando yo leo un libro lo hago porque la sinopsis me llama la atención. Da igual que conozca al escritor o que no haya oído hablar de él en mi vida. Independientemente de quien sea, la historia tiene que llamarme. También estoy en el lado opuesto. Hay escritores cuyos libros compro sin importarme lo que pongan en la contraportada, porque lo que compro no es la historia, si no la forma en la que ese autor cuenta las cosas. En ambos casos no me importa cuál sea el género que tenga asociado, yo no encasillo, o al menos trato de no hacerlo.

Antes del verano me enfadé un poco con Ana Bolox, pero solo un poco. No porque considere que ella no puede escribir lo que le plazca, si no porque estaba tan enganchada a la serie de novelas de la Sra. Starling que quería seguir leyendo sus aventuras. Y de repente ella se sacó de la manga otro personaje, otra historia, algo noir pero muy distinto.

Novela negra de Ana Bolox

Estaba terminando de decidir si compraría su nueva novela o no (aunque admito que iba a terminar comprándola, porque Ana siempre es un valor seguro) cuando llegó a mis manos el ejemplar en papel de las aventuras de Crispin: La tumba de Vera Thwait. Y como lo tenía en mis manos, sin tener que hacer nada más para echar un vistazo, decidí darle una oportunidad al primer capítulo. Cuando quise darme cuenta ya estaba leyendo la palabra «Fin».

¿Por qué me sucedió esto? Porque Ana es Ana, y ya debería saber que leería cualquier cosa suya aunque fuese un manual de cómo limpiar un horno. Pero los lectores, por muy comprensivos que pretendamos ser, somos unos tiranos con nuestros autores preferidos. Tenemos miedo a los cambios, somos impacientes y, a veces, unos capullos.

Es muy cierta esa frase que dice (ni idea de a quién pertenece) que a veces el universo nos ayuda negándonos aquello que pedimos. Ojalá todos esos autores a los que sigo tan fervorosamente, como al cuchillo cuando va del bote de Nutella al pan, me negaran lo que pido de la misma manera que Ana Bolox. Ojalá, si el resultado es que voy a poder leer historias como esta.


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2 comentarios en “La tiranía del lector”

  1. Es cierto que muchos lectores llevan mal que su escritor favorito se ponga a escribir otro género, pero yo opino como tú, si me gusta cómo escribe, me va a gustar en cualquier género 🙂
    Un abrazo.

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