¿Los gallegos subimos o bajamos?

escaleras subimos o bajamos

Cuando era pequeña teníamos un reproductor de vídeos VHS. En un pequeño pueblo costero de Galicia tener acceso a algo que ver en él era complicado. Para alguien como yo, incluso ir al videoclub podía resultar caro aunque no fueras a menudo. Pero algún fin de semana tenía la suerte de poder ir y elegir alguna película.

El aparto era viejo, y siempre que alguna cinta no quería salir mi madre me obligaba a que esperase a mi padre para que lo solucionase. Eso es algo que siempre recuerdo cuando veo en la tele ese anuncio donde una niña, a la que prohíben hacer no sé el qué, le pregunta al que debe ser su padre algo así: «¿Qué hubiera pasado si la primera vez que Mozart se acercó a un piano le hubieran dicho que no lo tocase, que podía romperse?»

Me educaron así, para ser una persona que valorase lo que tenía y para que tuviese extremo cuidado de no romper las cosas. Dicen que los gallegos nunca sabemos si subimos y bajamos. Aunque sí sabemos a dónde vamos, lo cierto es que nunca respondemos a nada con seguridad. O al menos la mayoría de gente a la que conozco, y entre la que me incluyo. Pero más que inseguridad, se trata de que tenemos la seguridad de que nadie tiene la certeza absoluta en esta vida, algo que muchos olvidan.

También fui educada en la empatía, en intentar siempre ponerme en el lugar de otros, en medir mucho mis palabras para no herir a nadie. Y si alguien me hería con las suyas tenía que comprenderlo. Pues ya podrían haberle dado la misma educación que a mí, ¿no?

Supongo que por eso escribir me cuesta tanto trabajo, porque duele y porque puede hacer daño a otros. Nunca hablo de mi vida privada en mis historias, pero de algún lado salen, te lo aseguro. Pero no quiero desviarme de lo que quería contarte en realidad.

El caso, es que fruto de esa educación no suelo ser vehemente con nada, no me gusta discutir ni tomar partido. Eso no significa que no tenga opiniones propias ni causas por las que luchar. Simplemente las defiendo a mi manera. Por ejemplo: nunca me verás en una manifestación por la igualdad, pero te aseguro que en mi entorno me encargo de que esa igualdad exista; porque mi manera de contribuir al cambio es con pequeñas cosas y en la gente que me rodea.

Con esto no digo que una opción sea mejor que la otra, solo te cuento cuál es la mía. El problema viene cuando hay personas que se creen que porque nunca alzo la voz pueden decirme lo que les dé la gana. Yo no voy a contestarles chillando como si estuviera en una montaña rusa a punto de desmayarme y necesitara liberar la adrenalina, como hacen muchos otros. Pero contesto, claro que contesto.

Contesto con la elegancia de esas personas que ponen a la gente en su sitio sin usar ni una sola palabra mala. No siempre me sale, pero llevo muchos años practicando.

También me he entrenado en el arte de no responder de inmediato bajo los efectos de la frustración. Uno de los deportes más duros que he practicado, te lo aseguro.

Muchas de las personas que conozco gracias a las redes sociales son gente que lee mucho, y estos días no lo están haciendo; son incapaces de concentrarse en nada debido a todas las preocupaciones que el coronavirus ha generado. Yo tengo la suerte de que sí soy capaz de ponerme a leer, y estoy leyendo mucho.

Uno de esos libros es «Mientras escribo», de Stephen King. No lo he terminado todavía, pero he de decir que me está sorprendiendo que se haya abierto en canal de esa manera. En medio de uno de sus capítulos, cuando cuenta que acudió borracho al entierro de su madre, me pregunté: Si este tío cuenta algo tan vergonzoso como esto, ¿por qué yo no puedo, al menos por una vez, abrirme también y decir lo que pienso?

Y estoy tranquila, te lo aseguro. Durante este confinamiento he descubierto cosas buenas sobre mí misma; y una es la capacidad de aceptar que no puedo hacer nada y de no preocuparme por lo que no puedo hacer.

Así que desde esta tranquilidad he decidido decir algo, hablar de algo que me molesta muchísimo, y es esto: no, tú no tienes la razón. Y se lo digo, no a la gente que opina sin saber, sino a la que opina ignorando que no sabe, que no es lo mismo.

Cuando empezó todo esto del coronavirus asumí que Twitter se iba a llenar de cuñados expertos. Y no me importa, porque he aprendido a ignorarlos, como hago desde que me creé una cuenta allá por… no sé, ¿2013?

Por muchas palabras que silencies en Twitter (en mi caso van, por lo menos, unas treinta) siempre te encontrarás a algún cuñado. Sin ir más lejos, el año pasado un escritor se enfadó con los organizadores de un blog porque no les había gustado su novela y no conseguían publicar su opinión en Amazon al tener solo una estrella (resumen basto, pero suficiente).

Cuando vi que estaba pasando esto, me acerqué por las cuentas de las personas implicadas para conocer la versión de cada uno respecto a lo que había pasado. Y vi muchas opiniones de gente que escribía críticas hacia una de las partes sin haberles dado el beneficio de la duda. Y no estoy diciendo que esa parte tuviera razón, ojo. Quien conozca la historia que opine lo que quiera. Lo que digo es que esas personas no se molestaron en ir y mirar los comentarios de ambos, simplemente soltaron su bilis sin importarles nada más.

Y, aunque me dio pena, no me indigné demasiado, porque a las hordas de personas movidas por la fe a falsos ídolos que creen que lo saben todo y, en realidad, no saben nada, también estoy acostumbrada.

Pero yo, que siempre fui una niña rara, era capaz de aguantar como el pilar de cemento de un puente cualquier cosa mala que pasase en mi familia, pero lloré como una descosida cuando el plato de cristal del microondas se me rompió en mil pedazos.

Y es por eso que esta entrada no surge de toda esa gente que se posiciona del lado de uno u otro en una discusión sin informarse; ni de todos los entendiditos de Twitter. Tampoco surge de los que se ofenden por todo ni de los que critican que tú no te sumes a su causa públicamente (porque no saben que tú luchas a tu manera, muchas veces como puedes y no como quieres).

Esta entrada tampoco surge de las personas que me han escrito por privado para pedirme que corrija alguna falta que se me ha colado en el blog (gracias, los correctores gratuitos y de buena fe nunca seréis recompensados lo suficiente).

Este post va dedicado a esa gente que te corrige en público, y con mala baba, una falta de ortografía (que muchas veces no es tal). Y no porque me haya pasado a mí, porque lo que me ocurra a mí puedo aguantarlo, estoy acostumbrada.

Esas personas me hacen reír muy fuertecito cuando me paso por sus perfiles y veo que están llenos de publicaciones con faltas ortográficas del tamaño de la Torre Eiffel.

Necesitaba escribir una entrada de blog para agradecérselo, en serio. Agredecerles que me hayan ayudado a comprenderlo. Y es que, al final, no estar seguro de nada no era tan malo como creía.


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8 comentarios en “¿Los gallegos subimos o bajamos?”

  1. Muy buena entrada Cristina.
    ¿De verdad crees que cuando escribes no nos explicas cosas tuyas? Yo no opino lo mismo o como mínimo no lo vivo así.
    ¿Sabes por qué te sigo? Por esa facilidad que tienes para explicar cosas cotidianas y darles tu toque personal. En definitiva, para hablarnos de las cosas que te pasan.
    Y mucha razón con las redes sociales en general. A mí muchas veces me dan ganas de meterme en según que conversaciones, pero al final desisto, pues creo que no sacaré nada, al contrario, que perderé más de lo que ganaré/ganarán.
    Feliz día.
    PD: Y siempre que he ido a Galicia he tenido esa sensación, que parece cómica, pero que no lo es. Muy bien explicado.

    1. Cristina Grela

      Hola, David:
      Sí, soy consciente de que sí cuento cosas. Lo que quería decir es que no es obvio. Es decir, yo no cuento: «hoy me ha pasado tal y cual…» de manera literal, no sé si me explico.
      A mí a veces también me dan ganas de decir unas cuantas cosas, pero, al igual que tú, respiro y me callo. Porque a veces más vale tener paz que razón.
      En cuanto a que los gallegos somos así, he sido más y más consciente a medida que pasan los años. Yo intento evitarlo, ¡pero es que está en nuestro ADN!
      Recuerdo un día, hablando con un mecánico sobre cuántos años más aguantaría mi coche (que ya tiene 18 años) y si valía la pena seguir arreglándolo o convendría más empezar a buscar uno nuevo. Aún a día de hoy no me quedó clara su opinión xddd!

      Biquiños!

  2. Hola, Cristina.
    Hace poco que sigo tu blog, me gusta cómo escribes y me siento identificada con bastantes cosas de las que cuentas. Gracias por compartir tu intimidad.
    En cuanto al tema del post, en las redes sociales procuro hablar de otros solo cuando tengo algo bonito. Lo negativo queda para las conversaciones de amigos discretos. A veces dan ganas de borrarse de ellas, pero perderíamos una ventana maravillosa de conocimiento e inspiración. Quedémonos con lo positivo.
    Un placer seguirte, un abrazo. Paloma Peña.
    PD. ¡También estoy leyendo “Mientras escribo” de S. King! Me has hecho spoiler jajaja.

    1. Cristina Grela

      ¡¡¡Ay!!! Siento lo del spoiler. Yo ya lo he terminado, y la verdad me ha gustado mucho. ¿Tú qué tal lo llevas?
      Muchas gracias por pasarte y, sí, yo también creo que es mejor quedarse con lo bueno de las redes y no perdérselo, aunque a veces veamos cosas que… en fin.
      Biquiños!

  3. Normalmente intento no posicionarme en esas discusiones, porque siempre llego tarde y no me entero de nada. Que luego también te criticarán por no posicionarte, pero si no me entero, prefiero no opinar. O te critican porque no te has posicionado pero sigues hablando con las gentes implicadas. ¿No se puede discutir y seguir siendo amigos? ¿O por narices me tengo que enfadar? En fin, que cada vez entiendo menos este mundo. Cómo le gusta a la gente complicarse la vida. Y al final vas a hacer que me lea ese libro de King…
    Besotes!!!

    1. Cristina Grela

      He visto un tweet (es de @UnVampiroAndalu) hace poco que expresa cómo se comporta alguna gente muy bien: «¿Al final pueden salir los niños o no? Es para criticar lo que se haya decidido.»
      Pues eso, nos van a criticar igual, así que mejor no lo pensarlo y hacer lo que nos dé la gana.
      Biquiños!

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