La madre de todas las ciencias: Capítulo 1

El día que se cumplían cuarenta y ocho horas de la desaparición de Eulalia Olmedo, una llamada de teléfono despertó a Nacho. Apartó la mano de Nerea, que le había metido un dedo en la oreja, y descolgó sin decir nada porque tenía la boca pastosa y aún no se había despabilado.

—¿Hola? ¿Hola? ¿Merlo? ¿Hay alguien ahí? —A la voz que salía del otro lado de la línea le bastaban tres segundos de silencio para impacientarse.

—Perdone, sí, Nacho Merlo. ¿Quién es?

—Soy Gerardo Cuadrado, de Noticias al Cuadrado. Le llamo por el correo electrónico que nos envió ayer relativo a la desaparición de la dialítica.

—Eulalia Olmedo, querrá decir —lo interrumpió Nacho mientras se incorporaba para prestar atención.

—Sí, bueno, como se llame. Estamos interesados en su propuesta, venga para hablar sobre una posible colaboración. Si puede dentro de una hora, no llegue dentro de hora y media; cuanto antes, mejor.

—Okey. Recuérdeme la dirección.

A Nacho no le gustaba que se cosificase a los protagonistas de la sección de sucesos. Por eso la gente olvidaba al día siguiente el telediario del día anterior, como si no importase lo que había pasado. También contribuían el resto de los medios al hacerse eco de noticias que no se molestaban en contrastar y que, muchas veces, ni siquiera eran ciertas. Pero, después de un año en el dique seco, no podía rechazar otro trabajo.

Nerea se había despertado por culpa del estruendoso tono de Sweet Child O’ Mine que Nacho tenía desde el día que la conoció. La examinó mientras ella se desperezaba, intentando desprenderse de las legañas. Había un cerco blanquecino en la comisura de sus labios, fruto de otra noche durmiendo con la boca abierta. Se preguntó si el auténtico amor era estar cegado por la otra persona o ver sus defectos y, aun así, no marcharte de su lado. No se identificaba con ninguno de los dos bandos.

Nerea abrió los ojos, por fin, y preguntó:

—¿Has conseguido el curro?

—Puede. Si llego a un acuerdo con el del periódico, me iré al pueblo hasta que la encuentren, a saber cuánto tiempo les costará.

—Primero tienen que darte el trabajo, chato, así que vístete ya. —Se levantó de un salto y se dirigió a la cocina.

—Claro que me lo darán. A ver cómo te las arreglas sin mí. —Nacho la siguió y le puso las zapatillas al lado para obligarla a ponérselas—. ¡Y deja de andar descalza!

—Sobreviviré —dijo Nerea mientras alcanzaba la última onza de chocolate en el fondo del papel de aluminio.

—¿A qué? ¿Al catarro que vas a pillar por andar sobre el suelo frío o a mi terrible ausencia?

—A ambos. —Y dio una patada a las zapatillas, que se colaron debajo de la mesa.

Los dos eran espíritus libres, pero con treinta y siete años Nacho había llegado a ese momento de la vida en que se necesita algo más. Fuera como fuese, debía centrarse en su principal preocupación: pagar las próximas facturas. Esperaba solucionar pronto la falta de trabajo, aunque tuviese que hacer concesiones.

A cinco kilómetros de allí, tres cuartos de hora después, Nacho vio a Julio González caminando por el arcén a la velocidad que le permitía un cansancio al que ya estaba acostumbrado.

De pequeño, había jugado con Julio y Román, el hijo de la señora desaparecida, cuando pasaba los veranos con sus abuelos en el pueblo. Pero se habían distanciado hasta perder el contacto por completo.

Primero, Román se había trasladado a la capital para estudiar y dejó de tener tiempo para quedar con él, ni en la ciudad ni en el pueblo. Luego, su madre le había prohibido acercarse a Julio porque andaba con malas compañías. Había entrado en un camino del que muy pocos retornaban, lleno de agujas, breves instantes de paz y soledad. A veces, lo veía en la capital, mendigando unas monedas para fines poco dignos, como dos días atrás en la puerta de aquel supermercado, donde Nacho fingió no conocerlo.

Inquilino de ninguna parte, lo último que sabía de él era que los fines de semana siempre visitaba a su madre. Cada viernes, Julio caminaba veinticinco kilómetros hasta llegar al pueblo, no tenía ni para el billete de autobús porque todo lo invertía en su principal necesidad.

A Nacho le pareció curioso que sus vidas fueran a cruzarse de nuevo tantos años después en el mismo pueblo de su infancia.